• Sandra Barral

Viaje al interior



La semana pasada coincidí con un rubio divino en la playa. Pelos a lo Kurt Cobain, mirada brillante. Lo vi a lo lejos en la orilla. Él no tardó en reconocerme y en dispararme esa sonrisa que mata cualquier agenda. “Cambio de planes” – pensé.

Nos entregamos a la charla de prisa y sin reparos, como es de esperarse entre un Sol en Géminis y una Venus en Géminis. Me contó lo que le apetecía, me dijo que quería llegar lejos y que yo le acompañara. “¿Estás seguro?” – Le pregunté. “Sí, quiero ir contigo” – contestó convencido y entusiasmado. Entonces me tomó de la mano y me arrastró a las profundidades para perdernos en esa lejanía líquida que decidimos conquistar juntos.

Es difícil resistirse a tanto magnetismo, a la alegría y la osadía de unos tres años bien vividos. Él quería alcanzar los barcos que navegaban en el horizonte, y yo nadar como los peces. Y parecía que nada podía detenernos. Hasta que nos cansamos de patalear.

- Estoy viejita Pau – Suspiré agotada.

- Noooo.

- ¿Ah no? ¿Cuántos años tengo?

- Tú dos y yo tres – afirmó categórico.

Para qué negarlo, me sentí en la gloria. A qué mujer no le gusta que le calculen menos edad. O que un chico guapo, divertido y audaz quiera que te quedes a su lado.

- ¿Por qué tienes que trabajar? – Preguntó Pau cuando le dije que debía irme.

- Porque los grandes trabajamos.

Me miró algo desconcertado. Y yo, tentada por su gesto, pensé: “Ser grande puede esperar”. El niño me tomó nuevamente de la mano y me llevó a una dimensión mágica en la que la playa de siempre se volvió un mundo fantástico. Y fue así como olvidé mis años, mi tamaño, lo que he sido y lo que soy, y me convertí en una sirenita.

Volví días después con la ilusión de encontrarlo de nuevo. Pero entonces conocí a otro rubio, que estaba en plan nudista. Me miró y yo le sonreí. Él me devolvió la sonrisa y me tiró un beso con la mano. ¡Flechazo! Terminamos jugando con la palita y el balde, bajo la supervisión de la madre orgullosa que le hablaba al crío en algo que me sonó a ruso. El rubio y yo nos entendíamos sin decir palabras. Pura química.

Ignoro si la próxima vez que vaya, la playita de Portitxol me regalará otro romance surrealista y fugaz. De lo que sí estoy segura, es de que Marcel Proust tenía razón. “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos”. Así que cuando me pregunten “qué hiciste este verano”, diré que me quedé encerrada en el paraíso. Diré: “No salí de Mallorca, me zambullí en la playa de la esquina y caminé por lugares comunes. Y, sin embargo, di saltos en el tiempo para rescatar mi niñez, e hice excursiones a mundos paralelos donde todo era posible, especialmente el disfrute de lo simple”.

Diré que cancelé las vacaciones y que opté por un viaje al interior de mis sueños, y que empecé a perfilarlos al ritmo de mi corazón emocionado, cual niña construyendo castillos de arena. Diré que cuidé al perro de los que sí se subieron al avión, que adopté el hábito de bailar a diario sin razón y que conquisté a un par de rubios irresistibles; dos personitas radiantes que me llevaron encantadas a su realidad sin límites, donde de pronto mi agenda de gente grande se diluyó y me descubrí haciendo magia.

Algunos me dirán que en realidad hice un tour a la felicidad.

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​© 2020 by Sandra Barral