• Sandra Barral

Mirar. Mirarse.



La Casa Cinco es un reino fantástico donde no sólo vive un rubio divino con espíritu aventurero y de eterno aprendiz. También allí danza una pequeña ninfa de mirada hechicera, que desde siempre ha sabido romperme las corazas con una pócima de dulzura. Dicen que los ojos son espejo del alma. ¿Del alma de quién? Me arriesgo a apostar que son el espejo de la vida. ¿Miras o te miras en el otro? Mirarse es dialéctica sin palabras. Y en ese instante de conversación silenciosa, de síntesis visual, de conexión inenarrable, no hay dos.


Un alguien observa, y un observado existe en el hecho de ser poseído por ojos hambrientos, curiosos, tristes, profundos, insaciables, melancólicos, enamorados, fascinados o furiosos. Pero el observado también es observador. La mirada es un acto maravilloso de fusión, en el que, por segundos, por minutos, o por horas, te fundes en el otro. Posees y te dejas poseer. Y de pronto la dualidad se esfuma. Es magia.


Cuando miras a otro, aunque no te des cuenta, te hundes en un mundo tuyo, al que accedes a través de pupilas ajenas. Esas que son espejo. De tu alma, de tu vida, de quien eres. Ves lo que lo que llevas dentro.


La mirada de la ninfa de la Casa Cinco es deseante, luminosa, sensible, atenta y profunda. A ratos parece una borrasca, mar embravecido. Pero es igualmente brillante y calmada, como una orilla prístina al amanecer, en la que puedo flotar despreocupadamente, abandonarme con placidez y saber, con certeza absoluta, que si me atrevo a hundirme en su transparencia llegaré al mejor lugar de la existencia. A la niña pura y eterna que llevo dentro.


Cuando mires, nunca olvides que estás en todo cuanto ves.


Si no me gusta aquello que presencio seguramente estaré dormida. Entonces he de abrir el corazón para despertarme. La ninfa de la Casa Cinco andará por ahí, esperándome para bailar conmigo. Para mirarme y revelarme. Para encenderme la ternura que algún día se me apagó por vivir lejos.


Lejos de mí.