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  • sandrabarral

LA PATITA SORDA

Con este post no pretendo captar comentarios amables a modo de consuelo, sino inSpirar la sordera selectiva.




De pequeña fui extremadamente delgada, lo que me causó muchísimo sufrimiento. Me hicieron sentir fea, inadecuada, enferma, diferente. Cuando llegó el momento de poder elegir sin supervisión la ropa que compraría —o mejor dicho, sin censura—, mamá me advirtió que no escogiera el negro y que descartara las prendas ajustadas, porque eso me haría lucir aún más flaca.


Sin ánimos de llevarle la contraria, lo primero que elegí cuando salí sola de tiendas fue una falda negra de lycra. Recuerdo que esa tarde, frente al espejo, ninguna voz castradora retumbó en mi cabeza. Y recuerdo la expresión de sorpresa de mi madre cuando me la vio puesta. Su mirada de “Wow, qué bien te queda”. Pero el mal ya estaba hecho. Cada vez que alguien me llamaba “flaca”, yo escuchaba: “fea”. Y me cabreaba.


Por cierto, esa gente que hace de los comentarios sobre el físico parte del saludo siempre me ha resultado imprudente, por decir lo menos. “¿Estás más flaca?” “¿Estás más gorda?” “Te veo pálida.” “Estás demacrada.” “Te quedaba mejor el corte que tenías antes”, etc., etc. Por qué no pueden limitarse a lo políticamente correcto: te veo muy bien, estás preciosa, estás igualita. También existen alternativas para no caer en la hipocresía: cómo va tu vida, hola qué tal. Alguna vez alguien me dijo: “¡Uy, qué cara tienes! ¿Quién se murió?”. “Mi papá”—respondí. Y no mentía.


Por la de flaca, y muchas otras etiquetas desafortunadas, de niña me vi reflejada en el cuento del patito feo, guardando la esperanza de convertirme en el futuro en algún ser aceptable.


Dado que el pato de Hans Christian Andersen no enfrenta tareas que resulten retos, podría interpretarse que la valía del plumífero protagonista no reside en lo que hace, sino en esa naturaleza suya que tarde o temprano se revela; en el hecho de que pertenece a una especie diferente. El pato no es un héroe, sino una criatura especial —por qué no superior— que los demás bichos no logran reconocer como tal, porque son de corral, domésticos o simplemente tarados.


Claro que al patito lo único que le importaba entonces era no sufrir la burla cruel y el desprecio. En una segunda parte de la historia, el tierno animalito, quizás, podría haberse convertido en dictador fascista o en terrorista. O pasarse la mitad de su vida psicoanalizándose para superar sus traumas infantiles. Una versión actualizada del cuento podría ser la del pato nerd que termina siendo una especie de Elon Musk o Jeff Bezos.

Pero yo, ni cisne ni turista en el espacio.


¿Qué le diría a mi yo de ocho años si pudiese viajar en el tiempo? ¿Le rompería la ilusión? “No Sandrita, no vas a convertirte en una rubia despampanante, no eres de una raza especial, mucho menos superior. Y vas a tener que pelear con muchos monstruos y fantasmas. A pesar de ello, te seguirán diciendo flaca, y te seguirás sintiendo diferente, pero con el tiempo descubrirás la clave que te permitirá volar ligera y flotar serena. También sabrás que el mundo está lleno de gente con complejo de pato feo".


¿Alguna vez has visto de cerca a los cisnes?

Parecen no hacer más que deleitarse con el milagro de existir.

Adoro su plácida indiferencia.



ADVERTENCIA: con este post no pretendo captar comentarios amables a modo de consuelo, sino inspirar la sordera selectiva. O el sano acto de mandar a la mierda a los necios.

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