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  • sandrabarral

¿Jugamos?

El ser humano lleva un par de miles de años filosofando sobre la libertad, y muchos más luchando por ella. puede que teóricamente todo esté dicho, pero en la práctica queda mucho por lograr.


A la hora de desarrollar mi capítulo en la obra colectiva titulada 15 miradas a la libertad, y antes de sentarme frente a la página en blanco, dediqué unas semanas a leer y reflexionar sobre el tema. Desde el principio supe que quería tratar el vínculo entre libertad y responsabilidad, pero para llegar al enfoque di algunas vueltas.


Recuerdo que fantaseé con diversas situaciones a fin de comprender el concepto desde ángulos disímiles. Desde matar a alguien, pasando por habitar en un país en guerra, hasta no tener un duro. Una de esas fantasías fue la de vivir en una isla propia con la posibilidad de hacer lo que me diera la gana, porque allí no existirían más reglas que las mías. En ese estado hipotético, serían las leyes naturales las que coartarían mi libertad. El clima, por ejemplo. Siempre habrá algo a lo que debamos someternos, aunque no nos guste, algo que suponga la gestión de la frustración y los límites.



Aunque no las cité en mi texto, me resultan muy sabias las conclusiones de Viktor Frankl en su ensayo El Hombre en busca de sentido, eso de que podrán arrebatarte todo, menos la última de las libertades humanas, la de elegir la actitud personal ante las circunstancias.

Así, en la fantasía de la isla propia en la que yo era autoridad suprema, si la furia de un huracán se llevaba mi esfuerzo de años de trabajo en un par de horas, podría decirme "esto no me puede estar pasando a mí" y echarme a morir. O respirar profundo y adoptar el modo "manos a la obra" con actitud estoica.


Al final, somos esclavos o libres en nuestra mente. Podemos tener mucho margen de maniobra y estar presos en creencias limitantes. O vernos restringidos o atrapados por todo tipo de razones —económicas, de salud, legales, geopolíticas— y, sin embargo, encontrar siempre una ruta por la cual avanzar o una esquina desde la que mirar a nuestro alrededor con gratitud, vacíos de quejas, con el ánimo de piloto listo para el despegue.


Esto me lleva a pensar en los talleres de autoconocimiento que recientemente facilité en el Centro Penitenciario de Mallorca. Aun en prisión es posible experimentar la sensación de libertad, porque todo es relativo. Lo he visto y sentido en la propia propia piel; momentos libres o liberadores, como semillas de futuro esperanzador, también florecen allí muy a pesar de las cámaras y guardias por todos lados.


Insisto, somos esclavos o libres en nuestra mente. Y quizás una de las razones de esta particular circunstancia esté en manos del "niño interior”, un concepto del que hablo en mi capítulo y que supone distintos niveles de responsabilidad. El primero de ellos es el autoconocimiento. Luego, actuar con coherencia.


Si descuidamos a esa figura, dudo que alcancemos a sentirnos libres en la edad adulta. Desde el punto de vista arquetípico, es el “niño”, movido por su curiosidad, su espontaneidad, su ausencia de prejuicios y su anhelo de disfrute, quien se manifiesta libre. A medida que vamos creciendo, los condicionamientos familiares y sociales nos moldean hasta el punto de que llegamos a olvidarnos de jugar despreocupados y en la magia del presente, como lo hacíamos cuando teníamos cinco años. Sin juego no hay disfrute, no hay creatividad. Si ignoramos o desoímos al niño interior acabamos encerrados en dinámicas o rutinas que nos marchitan.


Solemos convertirnos en nuestra propia cárcel. Si decidimos dejar de serlo, es decir, si nos proponemos derribar nuestras rejas interiores, las adversidades que se presenten en el camino no lograrán cortarnos las alas. Como decía Frankl, quien fue sobreviviente de un campo de concentración, nuestra mayor libertad humana es que, a pesar de nuestra situación física, siempre somos libres de escoger nuestros pensamientos.


En este sentido, confieso que me lo paso muy bien cuando elijo no pensar. Y jugar.



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