• Sandra Barral

Saber amar


He sobrevivido a mi primera charla del año; en esta oportunidad sobre el arte de tomar decisiones.

Al final de la actividad me quedé conversando un rato con algunos de los participantes. El menú fue variado: historia, negocios, literatura, experiencias culturales, felicidad, relaciones de pareja. Un hombre británico de 64 años, jubilado y viudo desde hace 10, a quien llamaré Paul, nos contó lo difícil que le resultaba encontrar pareja. Entre sus tantas inquietudes (o desilusiones), sobresalía el hecho de sentir que muchas mujeres están a la caza de un viudo económicamente solvente y emocionalmente vulnerable. En el club de lectura del que forma parte, donde es el único hombre, sus compañeras le dicen “que es demasiado bueno, muy sensible, que las mujeres quieren un chico malo, más macho (...) que eso está en los genes, que es un tema evolutivo, inconsciente", bla bla bla.

Yo le escuchaba atentamente, a ratos sorprendida.

Quizás porque ya ha superado un cáncer, porque entiende que no le sobra tiempo o porque los extraños resultan una oportunidad excelente para desahogarse, Paul fue extremadamente abierto al hablar de su vida, sus frustraciones y sus miedos. “Ahora me siento como en una segunda adolescencia, estoy disfrutando de la vida, hago lo que me gusta, tengo tiempo para mí, pero me gustaría conocer a alguien especial con quien compartir mis días y, sobre todo, porque no quiero morir solo”.

Sus confesiones me resultaron conmovedoras.

Traté de animar a Paul diciéndole que, si bien “la soledad puede parecer a veces triste, desabrida o amarga, es mejor a sentirse solo teniendo a otro ser humano al lado. Habrá que apostarle a los amigos, a los hobbies. Yo qué sé.” Estuvo de acuerdo, prefiere su situación actual a que el infierno del desamor, la indiferencia y las peleas. “¡Era una pesadilla!” -nos decía.

Ya en la puerta de la sala concluimos que el meollo de la vida va de eso, de amar y ser amados, y mientras aprendemos, hacemos de todo un poco para darle sentido al periplo existencial.



Nos despedimos con alegría y cada uno siguió su camino en solitario. De regreso a casa pensé en unos de mis pasajes literarios favoritos (Demian - Hermann Hesse).


“Y me contó la historia de un muchacho enamorado de una estrella. Adoraba a su estrella junto al mar, tendía sus brazos hacia ella, soñaba con ella y le dirigía todos sus pensamientos. Pero sabía o creía saber, que una estrella no podría ser abrazada por un ser humano. Creía que su destino era amar a una estrella sin esperanza; y sobre esta idea construyó todo un poema vital de renuncia y de sufrimiento silencioso y fiel que habría de purificarle y perfeccionarle. Todos sus sueños se concentraban en la estrella. Una noche estaba de nuevo junto al mar, sobre un acantilado, contemplando la estrella y ardiendo de amor hacia ella. En el momento de mayor pasión dio unos pasos hacia adelante y se lanzó al vacío, a su encuentro. Pero en el instante de tirarse pensó que era imposible y cayó a la playa destrozado. No había sabido amar. Si en el momento de lanzarse hubiera tenido la fuerza de creer firmemente en la realización de su amor, hubiese volado hacia arriba a reunirse con su estrella".


Hay que saber amar, pero ante todo hay que saber amarse. Ambas cosas implican desarrollar destrezas a la hora de tomar decisiones. Nadie quiere estrellarse, pero sólo cayéndonos aprendemos.

Y sí, siempre es posible volver a volar.



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(Foto: Cascada de Ézaro, Galicia)



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