• Sandra Barral

Una historia inspiradora

Ayer tuve el honor de escuchar la exposición de un chico que hizo el trayecto Nápoles-Galicia en bicicleta. Entonces él pensaba que no había hecho nada realmente importante en su vida, nada de lo que pudiese sentirse realmente orgulloso. Y de pronto se le ocurrió el kilométrico reto, que hasta llegaría a ser noticia en el periódico.

Le habían dicho que no estaba preparado físicamente, “pero si te pones a pensar en eso no haces nada”. Así que obviando las posibilidades de romperse los ligamentos y otros pronósticos fatalistas, se lanzó a la aventura.



















Por el camino se desmayó, se deshidrató, se insoló. También disfrutó de paisajes alucinantes, derrotó prejuicios y recogió buenas sorpresas. Entrando a Roma por la Vía Apia, al no tener batería en el móvil para retratar el momento, tocó una puerta extraña esperando que pudieran tomarle una foto y mandársela por email. Tiempo después regresaría a tocar esa misma puerta, con una botella de licor café y unos chorizos.

Durmió en casas de desconocidos, en campos de patatas, estuvo 12 días sin bañarse para luego apreciar cuánto vale el agua. Se orientó sin GPS. En cada pueblo preguntaba cómo ir hacia el siguiente. Y así llegó a casa, después de 45 días de viaje.

“Mentiría si digo que no tuve miedo”. Sin embargo, a Javi eso no lo detuvo. Moralejas y aprendizajes le sobran. Ahora sabe que uno es capaz de mucho más de lo que cree, y que el mundo está lleno de gente buena y generosa. “Cuando seamos viejos, si es que llegamos a serlo, podremos hacer poca cosa más allá de recordar. Entonces hay que procurar tener los mejores recuerdos”.

La suya fue una charla muy inspiradora, una invitación a atreverse, a confiar, a vivir para tener algo apasionado que contar, pero sobre todo, para tener algo apasionado que contarnos a nosotros mismos.

La siguiente exposición fue la de un chico de 17 años que contra viento y marea abrió una sala de lectura en su pueblo, que actualmente él mismo gestiona. Por si fuera poco, motiva y ayuda a otras personas para que hagan lo mismo en su comunidad, “porque hace más el que quiere que el que puede” -aclaró el muchacho.

En fin, que la historia de Dani merece mención aparte.

Y yo a estas horas merezco irme a dormir, sin duda agradecida por la oportunidad de conocer gente que más allá de soñar, se sube a la bicicleta y pedalea hasta la meta, sin olvidar descansar para recobrar fuerzas y, muy especialmente, para disfrutar de los regalos del camino.



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​© 2020 by Sandra Barral