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  • sandrabarral

DE LA INTUICIÓN Y LAS DECISIONES.

Las tripas toman decisiones fantásticas. Lástima que, entre tanto ruido de fuera y dentro, a veces resulte tan difícil escucharlas.




La cabeza, la mayor parte del tiempo gobierno en funciones, sigue la fórmula de los pro y los contra, que es agotadora. La cabeza duda, es ansiosa, está llena de juicios. Odia equivocarse. “¿Y si sí?” “¿Y si no?”. En cambio, la fórmula de las tripas es sencilla. Certera. Sigue otra lógica. “Es esto”. Gran ahorro energético. Si a veces elegir entre A y B resulta una tarea titánica. Qué decir cuando tienes varios abecedarios de alternativas.


Hace ocho años, por ejemplo, me veía víctima de la paradoja de la elección (cuando más es menos). En una ciudad desconocida, intentaba hacerme una idea de la ubicación de las distintas posibilidades a través de Google Street View y me sentía agobiada. ¡Necesito mudarme y no sé a dónde!


Sin lograr decidirme entre tantas ofertas de habitaciones para alquilar, recibí un correo con una invitación a considerar un espacio. Hice click en el link del anuncio, leí la descripción que los habitantes de la casa hacían de sí mismos, y algo dentro de mí dijo “vas a vivir aquí”, con certeza monumental. Las tripas habían hablado. El agobio se desvaneció. Y dejé de buscar.


Cuando fui a la cita para conocer el espacio, me invitaron a pasar directamente al balcón. Allí me recibieron una mesa generosa con tentaciones para picar y la vista amplia a una plaza con árboles floridos. Entonces empezamos a hablar, los dos uruguayos y yo, como si nos conociéramos de toda la vida.


Cuánto habría durado aquella charla extraordinaria, de no haber tenido que salir pitada a entregar un paquete en Plaza España. Aldo reflexionaba sobre el comportamiento de los elefantes ante la muerte, cuando el reloj me indicó que debía correr. ¿Y no vas a ver la habitación? —preguntó Marta desconcertada ante mi urgencia. Respondí desde las tripas: “da igual, me gustan ustedes”. Y creo que las suyas también le hablaron, porque decidió en la puerta, sin darle vueltas al asunto, mientras nos despedíamos apuradas. “Vale, entonces vengo a quedarme pasado mañana” —le contesté.


Y me quedé de una forma insospechada.


A veces, lo que estás buscando te encuentra. Y a uno sólo le corresponde sentirse. Abrirse a otra inteligencia, que ve caminos e interpreta lo que a la razón se le escapa.


Llegué a mi nuevo hogar en Palma de Mallorca el 6 de junio de 2013. En pocas oportunidades he sabido escuchar a la intuición con tanta claridad y además hacerle caso. Pude haber obviado el correo de una extraña, pude haber descartado la oferta porque superaba mi presupuesto. En cambio, sentí ese "no sé qué" en el estómago. Infalible.


Ese “no sé qué” siempre me ha hablado. Y ahora, porque quizás me resulta un poco más fácil desnudarme de pensamientos inútiles, oigo su sabiduría, llana. Sentir su coherencia es pacificador.


En cualquier caso, hoy, hace ocho años, las tripas me señalaron el camino. Me hicieron un regalazo de esos que no tienen precio. Espejos generosos de fuego, de agua y de aire en los que poder ver lo nunca visto de mí.

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