• Sandra Barral

Como la vaca emancipada

Tal día como hoy, hace siete años, estaba subiendo al avión que me llevaría a lo desconocido. Amanecería el 5 de febrero volando sobre un inmenso campo de nubes. Abajo me esperaban Canadá, su invierno y sus regalos memorables.


Lo que viviría después del capítulo Vancouver jamás lo imaginé, y ha sido, sin duda, lo mejor que pude haber hecho por mí. Y no digo “lo mejor que pudo haberme pasado” porque no le voy a dejar ese crédito al azar. Fui artífice de cada una de mis aventuras, de mis aciertos y equivocaciones, estuve abierta a encuentros fantásticos, y con la atención encendida para no dejar pasar sincronicidades nutritivas. Aposté, a veces gané, otras no (quizás sí, pero no lo que esperaba). Siempre aprendí. Le di, por primera vez, el mando al corazón y por eso ahora sé escucharlo. Me divertí mucho. También lloré tempestades. Tuve días muy fáciles, infinitamente plácidos y otros emocionalmente muy difíciles. Tuve miedo, pero me las arreglé como pude. Y me pensé perdida en más de una oportunidad, aunque jamás dejé de sentir que estaba en el camino correcto.

Recuerdo que durante todos estos años de cambios, que supusieron una extraña mezcla de fascinación y angustia, en más de una oportunidad me dije: “algún día me voy a cansar y entonces espero saber qué hacer”. No aborté mi búsqueda, no interrumpí mi ir a la deriva. Efectivamente, me cansé y ahora estoy sembrando en el terreno que elegí.

Hace unos días charlaba con una amiga que está punto de emprender uno de esos viajes largos con talante existencial. Para ella, su nueva etapa es moverse después de un lustro en Mallorca. Para mí es dejar de hacerlo. Hablamos sobre la sabiduría que reside en el saber fluir, en el saber escucharse, en el cerrar etapas en su justo momento y darle paso a otras nuevas. A veces nos resistimos a avanzar, y cuando lo hacemos nos oxidamos. Con un poco de suerte, el destino nos da una cachetada para hacernos reaccionar.

Casualmente, en los últimos meses he coincidido con mucha gente que se enfrenta a cambios cruciales. Algunos han elegido voluntariamente un nuevo rumbo, a pesar del miedo a lo que vendrá. Otros provocaron el cambio inconscientemente, al no tener el valor de poner fin a una situación que los mantenía en la amargura.

Ser coherente no es sencillo. Pero una buena medida de incoherencia no viene mal después de todo. De hecho, hasta diría que es necesaria. El contraste permite valorar. Quien sólo ha vivido en la montaña no sabe si realmente le gusta la montaña.

Hoy le debo mucho a mis incoherencias.

Fui nómada, contestataria, arriesgada e inestable. Quería viajar, vivir sin agenda y probar, no quería trabajar, tomar decisiones racionales o tener responsabilidades. Y resulta que dándome el lujo de ser niña rebelde me descubrí abrazando la responsabilidad de crear la vida a mi medida. ¡Palabras mayores!



No sé porqué la rebeldía está tan mal vista. Qué sería del mundo sin los rebeldes, sin esos espíritus inconformes que van abriendo caminos. Qué sería de nosotros si no cuestionáramos.

No pretendo cambiar la historia, sólo quiero una vida con sentido. Y esa es para mí conquista suficiente.

Cuando era pequeña mi padre decía que yo iba a ser presidente de la república, y mi hermana artista. ¡Qué injusto! Lo peor es que me dejé confundir por su vaticinio. Entonces sí que estaba perdida. ¿De dónde carajo sacó eso? Desde que tengo memoria he soñado con pegarle una patada a todo. Dirigir no está mal, pero poco sentido tiene cualquier cuota de poder si no puedes mandar sobre tus anhelos más profundos, si no gobiernas tu propio mundo emocional. Por eso, el único poder que me interesa tener es aquel que me libera de pensamientos tóxicos, de juicios venenosos e ideas limitantes.

En estos siete años fui lo que nunca había sido, para tener una idea más precisa de quien soy. Y la tengo.

Y mientras escribo esto me río y celebro. Como si tuviese siete años. Como si hubiese conquistado una cima muy alta. Como si fuese la vaca emancipada.


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* Texto inspirado en la noticia sobre una vaca que huyó de un matadero en Polonia para seguir a una manada de bisontes

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