• Sandra Barral

Aquí y ahora ¿Para qué?



Cuando finalmente decidí darle un giro a mi vida, no sólo lo hice porque empezaba a resultarme cada vez más difícil digerir la inconformidad, sino porque una madrugada, durante unos segundos, sentí que no sería testigo del siguiente amanecer.

Pero lo fui. Aunque no con el alivio de quien piensa “uff, menos mal que no pasó nada”. Más bien me atraganté con la vergüenza que me invadió cuando una vocecita interior me preguntó “¿y ahora qué?”. Me descubrí sin excusas mirando el calendario. “¿Me iba a seguir postergando?”

En ese instante eterno, en el que me pasó toda mi historia por delante, me di cuenta de que si me iba del mundo en ese justo momento sería sin haber hecho lo que realmente quería. Y de tal sobrevenida conclusión salió la fuerza para dejar atrás el territorio conocido, para lanzarme a la aventura de reinventarme la rutina, muy a pesar del pánico que me daba la idea de saltar al vacío.

No podría decirlo mejor que Fernando Pessoa: “Llega un momento en el que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo, y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos.”

Desde esa madrugada en la que pensé “hasta aquí llegué”, ya hace más de una década, suelo tener presente la inevitabilidad de la muerte para calibrar qué tan bien estoy gestionando mis días, para evaluar cómo estoy usando esta oportunidad única llamada vida, que tiene fecha de caducidad insospechada, y que tan a menudo desperdiciamos creyendo que nos sobra tiempo, olvidando lo efímeros que somos.

No es un tema agradable. Pero como todos nos vamos a morir, el asunto me sirve para enfocarme, para ordenar prioridades. Así que en este momento distópico, en el que la supervivencia se ve amenaza y el miedo anda suelto, la reflexión en torno a la muerte es mi plato fuerte a diario. Pensando en ello, me vino a la cabeza la idea de que la responsabilidad mal entendida es un crimen contra uno mismo. Alan Watts escribió: “la gente que va con prisa pierde la capacidad de sentir”. Y lamentablemente vamos por los años demasiado apurados, anestesiados, desconectados, atolondrados, con la agenda desbordada, siempre ocupados, estresados con demasiadas responsabilidades. Pero ¿realmente somos responsables?

Estrés tiene que darnos la posibilidad de llegar a sentir de verdad cuando ya sea demasiado tarde. Estrés tiene que producirnos el hecho de descubrir cuál es el compromiso importante al que no debemos faltar, cuando ya se imposible agendarlo de nuevo.

Pero puede que tengamos suerte, que nos demos cuenta. Y es entonces cuando resulta oportuno disparar sin contemplación “¿Y ahora qué?”

Mirando por la ventana las calles abandonadas me pregunto, ¿Cómo aprovecharé mi oportunidad cuando sea “libre” nuevamente? Esta vez, a diferencia de los días que siguieron a la madrugada en la que no morí, no pienso tanto en hacer esto o lo otro, sino en ser y dejar de ser. En ser la mejor versión de mí misma, en dejar de ser la que usa ropas que ya no le van bien. Y eso supone redefinir el concepto de responsabilidad. Para variar, implica valentía.

Por muchas razones me gusta este capítulo crítico. Es una cachetada, una sacudida. Somos fugaces, como especie somos una plaga, somos absolutamente innecesarios para el planeta. Sin embargo, estamos aquí, dueños en exclusiva de la conciencia de nuestra propia existencia y de la capacidad de cuestionarnos.

¿Para qué?

Que cada uno saque sus cuentas y haga lo propio.

Yo, finalmente, necesito tener siete años.

El tema de la muerte está mal planteado.

La cuestión es si llegamos alguna vez a estar vivos antes de morir.

R. Balsekar

Si quieres contactarme ya sabes qué hacer.

​© 2020 by Sandra Barral