• Sandra Barral

Al día siguiente también fue domingo



La ausencia de ruido me lleva a creer que es domingo. Vuelvo a pensar en “Ensayo sobre la ceguera”, el libro de Saramago que abre el hambre de lectura desde su primera oración: “Al día siguiente no murió nadie”. Nada más lejano al presente. Pero no es por ello que esta obra viene tanto a mi memoria.

En el futuro podría recordar este tiempo insólito con una línea de estructura similar. “Al día siguiente también fue domingo”. Los humanos seguimos en nuestras jaulas, viendo los días aletargados pasar, algunos comiendo ansiedad, otros saboreando lentitud. Todos digiriendo interrogantes. Mientras tanto, afuera, la primavera se despierta plácida y despreocupada, en una desquiciada secuencia de domingos que no le afecta en absoluto.

Por cierto, hoy es martes.

Creo.

Si el presente fuese una película, el equinoccio, que ocurrió el pasado viernes 20 de marzo, sería representando por una sucesión de imágenes de ciudades desiertas, comenzaría con lentitud, y en segundos se aceleraría progresivamente al ritmo de la novena sinfonía de Beethoven. Al final, se vería a una persona con mascarilla, guantes y un par de bolsas de supermercado entrando en una vivienda. Y de inmediato, un plano con ramas exhibiendo orgullosas sus nuevas hojitas de color verde alegría, como un himno visual.


La vida no se detiene.

Pero para nosotros la vida transcurre ahora de manera inusual. ¿Qué nos dice el destino con este antojo? Para dar con la respuesta tendremos que hacer como Beethoven. Escuchar adentro.

En el estreno de su última sinfonía, una de las obras de arte más trascendentales en la historia de la humanidad, se imaginó la música, titánica, de una intensidad abrumadora, Se imaginó las voces poderosas del coro y hasta los aplausos. No pudo oír nada. Para entonces la sordera lo aislaba del exterior, pero jamás de su talento.

Somos lo que pensamos. Y creamos lo que alcanzamos a pensar. Así que esta pausa impuesta me resulta grata por muchas razones. Cuando vas demasiado rápido, atendiendo sin respiro las demandas de la agenda, no piensas, simplemente reaccionas.


Cuando reacciono, me pasa como a Santa Teresa, “vivo sin vivir en mí”. Soy un bicho de ritmo lento, de modo que la prisa es un deber que me aniquila. Quiero creer que no sólo me pasa a mí.

Por eso mi compromiso en este momento es aprovechar la cuarentena para nutrirme y generar ideas, para deslizarme por una rutina hecha a mi medida con suavidad y sin culpa. Para estar en el presente sin dejar que el miedo me corte la digestión. Lo peor para muchos llegará después de la pausa, cuando el mundo se despierte y ya no sea el mismo. Entonces ya veremos. Ahora hay mucho tiempo para leer y sonreír mientras oigo a Beethoven, a Chopin o la playlist de Lucifer. Da igual. La música es buena para el alma.

Me gustaría creer que podemos aprender mucho de esto, que es posible un replanteamiento para encontrar equilibrio, un modo saludable de vida, incluso sabio, así como el de la naturaleza cuando nosotros no interferimos.

Somos una especie desafiante, y el mayor desafío de la humanidad resulta, curiosamente, un trabajo individual. Se trata de descubrir la auténtica riqueza dentro de uno mismo y permitir que florezca como la primavera. Encontrar ese equilibrio personalísimo que requiere la propia esencia y respetarlo. Identificar nuestros valores y serles fiel. En definitiva, ser valientes. Porque no es posible el bienestar común, si primero no atendemos cada una de las piezas que conforman lo colectivo. Para lograr la armonía del conjunto, tenemos que estar afinados antes en lo particular. Creo que luego la música fluye sola.

En ese sentido, espero poder dar otro pequeño pasito cuando pase el temporal. Y mientras no escampa, voy quitarle el polvo al olvidado placer de escribir.

¡Oh amigos, dejemos esos tonos! ¡Entonemos cantos más agradables y llenos de alegría! ¡Alegría! Alegría!

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​© 2020 by Sandra Barral